lunes, 16 de abril de 2012

Dios o ciencia.

Ahora no estoy hablando de religión. Voy a hablar acerca de la fe, el llamado de algo más fuerte y completamente inexplicable más allá de toda comprensión y razonamiento humano, e incluso más fuerte que todas las transgresiones de los hombres, y todas las mentiras inventadas por las religiones del mundo. La fe surge como el paliativo, o aun como la panacea, para satisfacer alguna necesidad, cuando requerimos el auxilio de una fuerza o poder para alcanzar aquello que no podemos lograr o resolver con nuestras propias fuerzas, bien se trate de sustento, conocimiento, riqueza, fuerza, retribución, venganza o justicia, amor, dicha, tranquilidad, salud o vida. Todo lo que el hombre necesita o hace, requiere de fe, y paciencia. La fe y la paciencia, le dan sentido, dirección y propósito a la vida del hombre. El objeto de nuestra fe está condicionado a nuestra personal forma de entender la vida, el mundo, las relaciones humanas, el conocimiento, la justicia y la moral. Así, quien pone su confianza en las cosas materiales, hará uso de su mente racional a partir de la percepción de sus sentidos, y pondrá su confianza en los alcances del hombre, en la Ciencia y en las Humanidades. Y vivirá para alcanzar cosas materiales. El hombre espiritual, pondrá su fe en la existencia de un dios, es decir: de un ser poderoso, hará uso de sus emociones y de su sensibilidad espiritual para conocer y percibir más allá del uso de los sentidos, y de la observación objetiva, y mostrará una tendencia persistente a juzgar no por hechos, ni evidencias, sino por lo establecido según la tradición cultural y religiosa de la cual proviene. O quizá buscará alternativas pero siempre sosteniendo la existencia de un Ser Supremo. Hay multitud de cosas en las que se puede depositar la fe, pero no todas estas cosas son capaces de responder a la fidelidad del que cree. El hombre natural, debe aceptar que la Ciencia es cambiante, y por tanto, debe renunciar a elevar a calidad de Ley, lo que aun es teoría; y aceptar que hay límites en el conocimiento científico que no se pueden alcanzar. El hombre espiritual, debe aceptar que no toda tradición, ni toda enseñanza, corresponden a la verdad prístina, y entender la función del tipo o sombra y del rito como un instrumento educativo, pues darle otra connotación, conduce a idolatría. Tanto el hombre de entendimiento natural, como el hombre de entendimiento espiritual, deben entender y reconocer, que negar los límites del conocimiento que podemos alcanzar en cualquiera de las dos vertientes, solo conduce al fanatismo, a la hostilidad, a la cerrazón, a la segregación, y a la negación de la razón por una parte, y a la negación de la voluntad de Dios, por la otra. Sería sano para el científico, abrir su mente a la existencia de Dios, con lo que estaría honrando su propia capacidad de ser pensante. Como sano sería para el espiritual, reconocer que la palabra y la voluntad de Dios, deben discernirse para separarla de las mentiras que enseña la religión. Tanto para el hombre científico, como para el hombre espiritual, tomar una postura contraria, termina en fanatismo y necedad. Pero cada uno está en libertad de decidir lo que mejor le convenga. Sin embargo, es prudente entender que la única forma de consolidad la fe que cada uno profesa, es abriendo los ojos a la verdad, aunque esto implique renunciar a permanecer apegado a nuestros viejos paradigmas, sean estos con fundamento Científico, o con fundamento a la reverencia a Dios. Porque la fe, es la certeza en lo que es firme, universal, y eterno. Lo otro, es simple apego, a la terquedad, a nuestro egocentrismo, y a nuestra intolerancia.

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