sábado, 15 de septiembre de 2012

Hola...


Hola, como te habrás dado cuenta ya no soy el hombre religioso que solía ser algunos años atrás. Sin embargo, no dejo de centrar mis esfuerzos por transmitir a los demás la confianza en la existencia de Dios; si bien, he comprendido que cada cual tiene derecho a formar su propia opinión de qué, cómo, y en quién creer.

Porque Dios es real, pero todas las religiones, mayoritariamente están forjadas de mentiras, y mentiras son lo que enseñan, lo que predican, y lo que practican. A pesar de ello, todas las religiones tienen algo bueno para tomarse en cuenta y apropiarse de ello, y todas tienen también, muchas cosas en común en lo que se refiere a su visión del cosmos. Pero sobre todo, todas las religiones se parecen entre sí habida cuenta de su abundante imaginación y pensamiento mágico; magia que se traduce en mitos y costumbres irracionales propias de tribus y clanes primitivos. Conductas aberrantes que suelen desbordarse hasta llegar a lo auténticamente grotesco y abominable, y que en las Escrituras se registran reprobadas de Dios. Aberraciones que tarde o temprano saltarán a la vista de quien tenga al menos medianamente desarrollados los sentidos, y se detenga a razonar y cuestionar toda práctica primitiva y salvaje, digna de hechiceros y adoradores del demonio. Las mentiras de los sacerdotes y de los eruditos en materia religiosa sin distinción de religión, en contubernio con las clases gobernantes, a lo largo de los siglos, han mantenido vigentes ancestrales enseñanzas heréticas y tradiciones ajenas astutamente encubiertas y amalgamadas en un sincretismo disfrazado de liturgias, en la forja de tradiciones y falacias que a fuerza de repetirse se toman por verdades incuestionables, y que prevalecen y se transmiten por generación y generación, por la cómplice ignorancia fanática de la gente. Ignorancia que les impide comprender, que su dios es un demiurgo, un dios menor, sujeto al Verdadero, y finito, imperfecto y en consecuencia: espurio.

He llegado a entender que nadie debe saber más de lo que realmente desea conocer. Sin embargo, no creo que el acceso a la verdad deba limitarse a grupos selectos: ni étnicos ni religiosos, ni confío en las élites de soberbios, ni en las sociedades secretas poseedoras y guardas de gnosis esotéricos y místicos. Todos aquellos que suelen exigir como derecho de admisión la invocación de nombres, o el pasar por ritos iniciáticos, para gozar del privilegio de acceder a los conocimientos profundos de la llamada Gnosis. La verdadera iniciación del neófito, está en el interés de cada cual por saber, y el precio a pagar está en el impacto que produce el confrontar los viejos esquemas aprendidos, y los paradigmas que constituyen sus convicciones, su identidad misma, y tener que decidir qué tomar y qué dejar. Y dije precio a pagar, porque la fe puede llegar a zozobrar de tal manera, que se corre el peligro de caer en el profundo pozo de la incredulidad y la desesperanza, y no lograr salir de ese Hades. Por lo mismo, no debe conocerse aquello que no se quiera o se necesite conocer.

Nadie y por ningún motivo, tiene derecho a aprovecharse y esconder la verdad, así sea por la más "noble" razón, o para abusar del miedo, o de la ignorancia, de la superstición, o del simple desinterés por saber. Hacer esto, es decir, aprovecharse de la falta de iniciativa por aprender, para hacer proselitismo y engañar al neófito, es total y rotundamente perverso, y abominable. Aunque nada hay más engañoso que el corazón del hombre, y nadie debe ser sabio en su propia opinión; cada cual tiene derecho a llegar a formar su concepto propio, y nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a enajenar a otros con su particular forma de entender las cosas haciéndolas pasar por verdad absoluta e infalible.

Nadie, bajo ninguna circunstancia, tiene derecho de imponer, ni persuadir, ni subyugar la voluntad personal, ni engañar la fe de otro por ningún medio: ni por la violencia, ni con la más sutil y persuasiva retórica de palabras engañosas, ni de falsa ciencia. Porque hacer tal, es enajenar la voluntad. Y ni siquiera el mismísimo Hacedor de la vida, pese a haber fijado las reglas del juego, se tomó jamás la libertad de coartar el libre albedrío del hombre. Hacer esto, es incurrir en una infamia incalificable y sin nombre, más inefable, que el mismo Nombre Inefable, por cuanto que es la mayor desobediencia intencionada y consciente, a la voluntad del ser supremo, y es apenas equiparable con inducir a alguien en el vicio, o sodomizarlo, o a sujetarlo a cualquiera otra forma de esclavitud y abyección degradante. 

En el fondo, el conocimiento que le permite al hombre aproximarse a la verdad inalterable, completa y eterna, es como un puzle, un rompecabezas que para ser construido requiere de un doloroso, arduo y lento proceso experimental de ensayo y error, donde cada cual, coloca las piezas. Cada pieza debe ser colocada casi sin ayuda. Sin que se pueda tomar a jactancia o locura; quizá con la única ayuda de Dios mismo, lo que suele llamarse: Espíritu Santo, haciendo esto tal y como está en la Escritura: "probando los espíritus si son de Dios", considerando que lo que Dios hace es bueno, y está lleno de amor y verdad y vida, lo que sea contrario a estos principios no es de Dios.  Ayuda que se hace evidente cuando nos detenemos a considerar la cantidad de "felices" eventos que se deben conjuntar para: leer el texto preciso, o para encontrar el documento extra-religioso, o el testimonio gráfico, o la palabra idónea del amigo circunstancial o del evento "casual". O de los "coincidentes" puntos de vista afines o complementarios, las inquietudes compartidas de racimos de creyentes con quienes coincidimos en el mismo afán y el mismo sendero. Y de quienes no teníamos el más remoto antecedente de su existencia. Las noticias científicas, o la lectura prudente, (y no carente de cierta sensación del miedo que provoca caminar por peligrosos terrenos desconocidos) de los textos "prohibidos" por las religiones dominantes.  Y el apoyo de "la mano de Dios", que nos mantiene asidos firmemente, mientras nos debatimos en la agonía de la duda y de la incredulidad, aun de la abjuración, y quizá hasta de la blasfemia. Solamente, el sentir la invisible presencia de Dios, y su paz, es lo que impide que lleguemos a la locura de la apostasía. Claro que para nuestros viejos correligionarios seremos apóstatas y herejes, pero al llegar a este estado de disidencia con la doctrina y la religión en turno, lo único que importará para la paz del corazón, será  solamente la misericordia de Di-os, y cómo juzgue nuestras intenciones y nuestra obediencia a él. Cuando ya se ha pasado por todo lo anterior, una fe renovada y firme, desvelada y legítimamente tuya, será lo que poseas como escudo y baluarte. Solamente así podrás estar seguro de la Roca, sobre la cual podrás levantar el edificio de tu fe.

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